Para que esta diversidad de alumnos en el aula pueda aprender debe existir un aprendizaje significativo que se relaciona estrechamente con la motivación para el aprendizaje y por ende con la atención que dispensan los estudiantes a los diversos contenidos. Este aprendizaje debe ser más o menos profundo, dependiendo de sus capacidades, de sus experiencias previas y de sus estructuras cognitivas, y estos se construyen solo cuando son capaces de establecer relaciones concretas entre los nuevos aprendizajes y los ya conocidos. Para lograr este aprendizaje significativo existen algunas cosas a considerar como por ejemplo valorar la cultura de los alumnos, su lengua materna y sus experiencias cotidianas dentro y fuera de la escuela, considerar también sus intereses, sus deseos y sus necesidades.
Cuando los alumnos no están concentrados en las tareas que tienen que enfrentar, no hay bases sobre las cuales facilitar la retención y la recuperación de lo aprendido. Hay evidencias experimentales de que los alumnos que mejor aprenden son aquellos que no sólo están en estado de alerta, sino también aquellos que son capaces de mantener una atención sostenida en la actividad.
El profesor debe considerar en cada situación de aprendizaje, los conocimientos previos del estudiante con el fin de identificar un punto de apoyo sobre el cual articular un nuevo conocimiento. Esta consideración exige del profesor un dominio de los contenidos de las materias que aborda y al mismo tiempo, la capacidad de establecer una relación entre estos contenidos y los conocimientos previos del estudiante. Los dos desafíos fundamentales que debe enfrentar el profesor se refieren a conocer mejor los recursos del alumno y aplicar estrategias diversificadas que respeten sus estilos de aprendizaje.
Como metodología el profesor debe presentar el material en forma racional y ordenada, a un ritmo apropiado para la edad de los alumnos y respetando sus diferencias individuales. Debe ofrecer oportunidades para practicar y aplicar sus aprendizajes relacionándolos con su propia experiencia; ceder la palabra a los alumnos; permitirles reflexionar, tomar decisiones y actuar de manera autónoma. El profesor debe comunicar claramente a los alumnos lo que espera de ellos; darles instrucciones claras y precisas; observar, evaluar y estimular la autoevaluación de sus desempeños de manera que ellos puedan aprender de sus propios logros y errores. La participación activa de los alumnos, también implica que el profesor ofrezca un clima propicio para que ellos participen en la toma de decisiones respecto a la selección de contenidos, determinación de horarios de estudio, tipo de actividades, etc. Obviamente, el hecho de proporcionar un espacio para el ejercicio de la autonomía por parte de los alumnos, lleva implícito la formación de una disciplina de trabajo de modo que esta autonomía pueda ejercerse en forma responsable.
En la medida que se les plantean exigencias de poder más y mejor, los estudiantes se comprometen más con el aprendizaje por cuanto se sienten valorados. Los desafíos mayores ponen en juego la integración de un número mayor de habilidades, cuyo desarrollo exitoso aumenta la autoestima.
La enseñanza eficiente implica estructurar situaciones que permitan que el alumno observe, actúe, analice, formule hipótesis, investigue y teorice, construyendo así niveles de conocimiento progresivamente más avanzados.
Cuando los alumnos no están concentrados en las tareas que tienen que enfrentar, no hay bases sobre las cuales facilitar la retención y la recuperación de lo aprendido. Hay evidencias experimentales de que los alumnos que mejor aprenden son aquellos que no sólo están en estado de alerta, sino también aquellos que son capaces de mantener una atención sostenida en la actividad.
El profesor debe considerar en cada situación de aprendizaje, los conocimientos previos del estudiante con el fin de identificar un punto de apoyo sobre el cual articular un nuevo conocimiento. Esta consideración exige del profesor un dominio de los contenidos de las materias que aborda y al mismo tiempo, la capacidad de establecer una relación entre estos contenidos y los conocimientos previos del estudiante. Los dos desafíos fundamentales que debe enfrentar el profesor se refieren a conocer mejor los recursos del alumno y aplicar estrategias diversificadas que respeten sus estilos de aprendizaje.
Como metodología el profesor debe presentar el material en forma racional y ordenada, a un ritmo apropiado para la edad de los alumnos y respetando sus diferencias individuales. Debe ofrecer oportunidades para practicar y aplicar sus aprendizajes relacionándolos con su propia experiencia; ceder la palabra a los alumnos; permitirles reflexionar, tomar decisiones y actuar de manera autónoma. El profesor debe comunicar claramente a los alumnos lo que espera de ellos; darles instrucciones claras y precisas; observar, evaluar y estimular la autoevaluación de sus desempeños de manera que ellos puedan aprender de sus propios logros y errores. La participación activa de los alumnos, también implica que el profesor ofrezca un clima propicio para que ellos participen en la toma de decisiones respecto a la selección de contenidos, determinación de horarios de estudio, tipo de actividades, etc. Obviamente, el hecho de proporcionar un espacio para el ejercicio de la autonomía por parte de los alumnos, lleva implícito la formación de una disciplina de trabajo de modo que esta autonomía pueda ejercerse en forma responsable.
En la medida que se les plantean exigencias de poder más y mejor, los estudiantes se comprometen más con el aprendizaje por cuanto se sienten valorados. Los desafíos mayores ponen en juego la integración de un número mayor de habilidades, cuyo desarrollo exitoso aumenta la autoestima.
La enseñanza eficiente implica estructurar situaciones que permitan que el alumno observe, actúe, analice, formule hipótesis, investigue y teorice, construyendo así niveles de conocimiento progresivamente más avanzados.